
Por: Iliá Krámnik
RIA Novosti.
Rusia finalizó la operación de "coerción a la paz" en los territorios de Osetia del Sur, Abjasia y Georgia y procedió a retirar sus tropas de la zona del conflicto.
Aún es prematuro hablar del cese de la confrontación entre Georgia y las repúblicas independentistas, pero ya se puede hacer el balance de la operación militar y pronosticar el desarrollo de los acontecimientos.
Las contradicciones entre Rusia y Occidente -sobre todo entre Rusia y Estados Unidos- iban acumulándose desde finales de los noventa y brotaron haciendo caer las máscaras de la conveniencia política y la cooperación antiterrorista. Ahora presenciamos el inicio de una nueva espiral de la historia que, nuevamente, será la historia de la confrontación entre dos superpotencias.
Todo empezó por los planes de Georgia de restablecer el "orden constitucional" en Osetia del Sur. Lo hizo a su manera: bombardeó la capital de esa región independentista, Tsjinvali, y cometió genocidio contra la población civil. En realidad, Georgia se proponía exterminar a la población no georgiana de Osetia del Sur, o desplazarla a Rusia.
De modo que fue absolutamente justificada la reacción de Moscú a la invasión de las tropas georgianas la noche del 7 al 8 de agosto pasado. Rusia envió varias unidades de su 58º Ejército en ayuda a las fuerzas de paz emplazadas en la zona del conflicto. La aviación rusa atacó las posiciones de las tropas georgianas, y muchos expertos coinciden en que gracias a ello los milicianos surosetas pudieron impedir la toma de Tsjinvali.
Los combates en las cercanías de Tsjinvali duraron tres días, después de lo cual la artillería georgiana se replegó o fue destruida, y las unidades georgianas, abandonaron la ciudad. Vale notar que las tropas rusas tuvieron que observar determinadas restricciones de carácter político relacionadas con el empleo de armamento pesado en las zonas pobladas, y por ello tardaron en repeler a los atacantes.
Hacia el 11 de agosto, el Ejército georgiano dejó de existir como fuerza organizada. Las imágenes de la huída de los soldados georgianos recorrieron el mundo. Seguidamente, las unidades rusas junto con las abjasias y surosetas trasladaron las acciones militares al territorio de Georgia apoderándose de paso del material bélico abandonado por los georgianos.
Al día siguiente, 12 de agosto, el presidente ruso Dmitri Medvédev dio por terminada la operación de coerción a la paz en los territorios de Osetia del Sur, Abjasia y Georgia.
Únicamente Estados Unidos, Reino Unido y varios países de Europa del Este prestaron apoyo incondicional a Georgia. Un apoyo que, de hecho, se limitó a frases de consuelo y exigencias de retirar las tropas rusas. El mundo pudo ver la falta de unidad en Occidente en cuanto a la "protección de las democracias jóvenes".
Por ahora es difícil pronosticar el desarrollo de los acontecimientos porque parecen intransigentes las posturas de Rusia y de EEUU, principales jugadores en la arena mundial. Moscú se inclina por reconocer la independencia de Osetia del Sur y de Abjasia y enjuiciar a Georgia por genocidio. En el conflicto se han visto arrastrados países vecinos, como Ucrania, donde se agravó la crisis política.
Lo que sí está claro es que el mundo ha cambiado en las dos últimas semanas. Han salido en primer plano las contradicciones entre Rusia y EEUU ocultas mucho tiempo detrás de las cortinas de la conveniencia política. Ni Rusia ni Estados Unidos quieren ceder. Por lo tanto, se puede predecir una nueva espiral de la "guerra fría" y una confrontación global entre las dos potencias desde el espacio postsoviético hasta el continente latinoamericano.
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